lunes, 12 de diciembre de 2011

Encontrar un desencuentro


Hace unos días mi hija pequeña me instó a escribir un post, incluso intentó darme el comienzo, todo ello debido a un reencuentro familiar inesperado pero muy agradable, del que todas esperamos sirva como comienzo de un nuevo caminar, al menos para ellas. Lo defino como reencuentro pues no era un contacto esperado por las circunstancias que lo rodean, aunque tras él, me di cuenta que lo único que lo había retrasado tanto era la pura desidia, pues no había ningún motivo para no haberlo tenido antes. Y resultó agradable al no existir dolor que hubiera producido el alejamiento. Hoy me he dado cuenta de que a veces hay reencuentros que deseas y no se producen.

El Club Deportivo al que pertenezco, celebró ayer un día muy especial en el que entregó sus premios anuales. Como le contaba hoy a un compañero al que el Estudiantes le regaló por su cumpleaños una sufrida victoria ante el eterno rival, el Real Madrid, la celebración de los premios se asemeja a una boda: los preparativos, la lista de invitados, la organización, los nervios anteriores al momento, el no disfrutar de la gente por intentar estar al tanto de todo, el subidón final al comprobar que todo ha salido medianamente bien y el bajón cuando te quitas los tacones y te tiras en el sofá.

Entre todas esas sensaciones, ayer, mejor dicho, hoy, he descubierto un rasgamiento interior, pues una imagen que ayer me pasó desapercibida, hoy ha decidido instalarse varias veces ante mi retina.

Y es que, tras un reencuentro inesperado, descubres que también existe un desencuentro cada vez más intenso y en este caso, cada vez más doloroso. Y percibes lo doloroso que es a pesar de haber echado sobre él una capa de hormigón para no sentirlo, cuando te das cuenta que has perdido. Si, que has perdido como se pierde en un juego. Has perdido alguien a quién querías de esa extraña forma irracional, al que no te une ningún lazo familiar, del que no estás enamorada, simplemente porque es capaz de escuchar tu tristeza, de llorarte en tu hombro, de compartir su alegría, de alegrase por la tuya, de regañarte, de decirte lo guapa que estás hoy, de sentirse parte de tu familia sin serlo.

Y, aunque ya en su día fuiste consciente de la pérdida. Y, aunque cada vez que vuestros caminos se cruzan bajo la indiferencia, no hay dolor. Tras un día como el de ayer, hoy, el recuerdo se empeña en hacerte ver que por mucha vida que construyas, te duele su ausencia. Echas de menos sus abrazos y su sonrisa. Echas de menos que forme parte de ti. Y tal vez algún día este reencuentro también se produzca, aunque sé que no será tan fácil.