Me dirigía al metro tras una clase que ha resultado divertida, el profe debe estar orgulloso de la imaginación desplegada hoy por todos nosotros, pero mi única preocupación giraba en torno a los cascos del ipod que deseaba colocarme lo antes posible para que la música de Adele, a un volumen por el que regañaría a mis hijas, me abstrajera de cualquier tipo de pensamiento. Ya en el vagón, elijo asiento y me adapto a su incomodidad, dispuesta a cerrar los ojos y disfrutar de la música en todo el trayecto.
Comienzan a pasar las estaciones y al llegar a Goya abro los ojos para cerciorarme por dónde andamos. Entonces la veo entrar, es una chica de unos veinticinco, muy guapa, de piel tan blanca que me llama la atención cierto sonrosamiento en su cara.
Se sienta frente a mi y ya no puedo cerrar los ojos ni parar de observarla. Ella saca su móvil y comienza a leer, es evidente que repasa una conversación del WhatsApp y a sus ojos quieren asomarse de nuevo las lágrimas, ella las ahoga llevándose la mano libre a la boca, pero su ligero hipo la delata. De repente un amago de sonrisa. Bueno, la conversación no fue tan mala, algo bonito debió decirle.
Guarda el móvil y se deja mecer por el tren, por sus ojos vuelve a pasar la conversación, otra vez las lágrimas quieren hacer acto de presencia. Llegamos a La Elipa y sin mucho empeño se prepara para salir. La veo alejarse hacia la salida con una extrema languidez.
Mi agotado cuerpo decide que ya es momento de cerrar de nuevo los ojos, pero mi alma se escapa justo antes de que se cierren las puertas y la acompaña para compartir su tristeza. ¿Qué te pasa piel de luna? Cuéntame y llora, ahora sin miedo, camino a casa, nadie te ve, nadie te preguntará.
"Última estación", dice la locución. Y mi alma regresa a mi cuerpo para sacarlo del vagón y traerme a casa. Adele no ha dejado de sonar y por el camino comienzo a escribir en mi cabeza.