lunes, 1 de abril de 2013

Imaginación despierta.

Cuando tus mayores se empeñan en recordar historias de tu infancia, tu a veces quisieras esconderte bajo las faldas de la mesa camilla, pero hay otras ocasiones en las que una sencilla y discreta sonrisa asoma por la comisura de tus labios.

Es esto segundo lo que me ocurre cuando una de mis tías se afana en contar lo rica y simpática que era yo de pequeña, algo que siempre ilustra con la misma anécdota, ocurrida cuando tan solo tenía unos tres años y  mientras pasaba unos días en su casa. Su vecina de rellano le preguntaba si me había traído amiguitas a casa, pues estaba jugando en la terraza y no estaba sola. Mi tía soltó la carcajada del siglo explicándole a su vecina que estaba sola, pero que su sobrina tenía mucha imaginación y además hacía las voces de todos los personajes de la historia.

Más adelante, y gracias a mi profesora de quinto, descubrí el juego de inventar las vidas de aquellos con los que viajaba en el transporte público. Resultaba divertido hacerle un pasado a medida a la señora del abrigo rojo, señal ineludible de una vida intensa y atrevida. O crear una historia de amor entre el chico de mirada triste que leía comics y la chica que siempre se sentaba frente a él, de vivos ojos verdes y sonrisa permanente. Al menos así el viaje se hacía más llevadero.

Fue pasando el tiempo y complicándose mi vida, trabajo, marido, hijas, menos tiempo para mí y para seguir inventando. Hasta que un día te descubres imaginando de nuevo, en esta ocasión tu propia vida, señal de que la real no te gusta mucho, por lo que te asustas, y para huir cierras el grifo de tu imaginación y te divorcias.

Una nueva etapa con nuevas angustias y silencios que le dan alas a tu imaginación. Nuevas personas a tu lado que te sirven de pañuelo de lágrimas o de simple espectador de tu vida. Personas importantes, aunque no lo mejor que me ha pasado, porque esas están por venir. Personas que, porque la vida es así, se apean del tren de tu historia. Y vuelves a quedarte sola.

Así nació este blog, hace veintiún meses. Como escaparate de mi vida a un mundo imaginado. No he sido nada constante, marca de la casa. Y, aunque a veces me sentía mal por no escribir, el paso del tiempo ha hecho darme cuenta de que el orden va apareciendo en mi vida, despacio, muy despacio, porque soy de mollera dura, otra marca de la casa. Y ese orden hace que no necesite contarle al mundo lo que me ocurre, porque, en cierto modo, no me ocurre nada.

He intentado purgar mi culpa incluyendo ejercicios de mi nuevo proyecto: aprender a escribir; pero, como alguien que no tiene pelos en la lengua me ha dicho, éste no es el espacio para ello.

Por todo ello, creo que ha llegado el momento de decir adiós a este blog. De terminar estas largas vacaciones que de asueto han tenido poco y de diario mucho menos. De dar las gracias a aquellos fieles que siempre estáis ahí.

Posiblemente nunca llegue a publicar un libro y tal vez vuelva a recurrir a un blog para dar rienda suelta a mi imaginación. En tal caso, seréis los primeros en estar informados.

Hasta siempre.


jueves, 7 de marzo de 2013

Y quiso volar


Al estallido de aquel cohete no le había precedido el clásico silbido previo a la explosión. Tras él no hubo risas ni jarana, sino un silencio dulce que agradecí bajo la lluvia humeante de mi ducha.

La sonrisa que llenó mi cara al imaginar como las chispas de aquel cohete habían transformado todo ese rebaño de hormonas embutidas en vaqueros rotos, en libélulas danzarinas, duró apenas unos segundos más. El silencio se transformó en un griterío incoherente acompañado de llantos mocosos.

Agudicé el oído por costumbre. Cerré el grifo, me envolví en la toalla y abrí la ventana intentando aislar las palabras con algún sentido de ese llanto inagotable que sobresalía sobre el resto. Rubio, callejón, sangre. No esperé a escuchar más.

Mojada, me enfundé en lo primero que encontré sobre la silla, afortunadamente no era la falda diminuta que casi me arrancó mi último acompañante. Móvil, arma, identificación, llaves y a correr.

No había tiempo de esperar al ascensor, bajé las escaleras de tres en tres y salí por la puerta de atrás. Al volver la esquina apareció ese patio de recreo que cada noche se formaba en aquella calle sin salida.

Eran unos veinte especímenes de adolescente aparentemente clonados. Nunca he entendido esa manía de parecer un rebaño.

El rebaño estaba alborotado. Algunos parecían estar sosteniéndose sus crestas, otros se abrazaban como estatuas de hielo que empiezan a deshacerse a través de los orificios nasales, una pelirroja me llamó la atención, a pesar de lo ancho de su espalda parecía un diminuto ovillo enganchada a sus piernas. Por fin vi al rubio, tirado en el suelo, con esa postura típica de cadáver desparramado.

Me acerco, con la placa en una mano para que no se asusten y el arma en la otra para que nadie se pase de listo. Ahora veo mejor al rubio, una mano le cuelga de la muñeca, como queriendo escapar de la muerte, la chupa de cuero parece haber pasado una temporada en una ratonera y la cabeza… como un balón viejo, deshinchado, al que le han clavado un puño para que parezca estar nuevo si le das la vuelta.

Le rodean tres especímenes del mismo corte, cuya ropa negra contrasta con la palidez de sus caras. Pregunto a uno de ellos qué ha pasado y me cuenta como el rubio subió hasta el tejadillo del garaje enganchado a un cohete, lo encendió con mucha ceremonia y sin tiempo para soltarlo, explotó.

martes, 5 de febrero de 2013

Puertas al campo


Ernesto despertó dispuesto a ponerle puertas al campo, ni siquiera se molestó en prepararse su estridente café y me miró sin verme al darme los buenos días. Había visualizado durante el sueño cuál debía ser su tarea aquella mañana y no podía permitirse ningún despiste. Le envió un escueto WhatsApp a su jefe con una vulgar excusa, había despotricado tanto sobre el recurrido “pasar mala noche” de sus compañeros que nadie pensaría que se lo podía estar inventando. Sonreí cuando se introdujo en esos vaqueros viejos y ventilados y se cubrió su pecho recién depilado con una camiseta de un naranja tan ácido que quemaba cuando la mirabas.

Desde la ventana de la habitación volvió a verlo claro. En el sótano estaban las herramientas y material adecuados, ni siquiera necesitaría bajar al pueblo, no tendría que ver a nadie, tan solo trabajar y sudar la camiseta hasta matar su acidez.

Giró sobre sus talones, me quedé mirando su ancha espalda y enfiló escaleras abajo sintiendo cada crujido bajo sus pies. Ernesto sabía que con cada uno de esos sonidos estaba despertando a esos vecinos ocultos con los que compartía nuestra casa y que correteaban por su interior cuando el silencio invadía las horas de oscuridad, esas horas en las que en la cabeza de Ernesto circulaban imágenes descontroladas, conversaciones ininteligibles y miedos absurdos.

Al deslizar su mano por la barandilla, el mármol le activaba la circulación de la sangre por sus venas y un calambre de hielo le recorría el cuerpo haciéndole sentir cada vértebra. Ernesto sonreía satisfecho, se sentía vivo en este cuerpo extraño. Al principio le costó adaptarse a tanta concentración gelatinosa, se sentía vulnerable, su verdadero cuerpo era duro, concentrado, sin fisuras; ahora hasta le parecía divertido oírse por dentro.

Bajo la escalera estaba la puerta que llevaba al sótano, esa puerta que siempre dejaba abierta por si alguno de los suyos decidía venir a visitarle, chirrió como de costumbre al abrirse y dejar paso al nuevo tramo de aristas que le trasportaban a ese mundo en el que se encontraba tan cómodo. Al descender, la humedad mohosa le dibujaba una ligera sonrisa que aumentaba de tamaño cuando una triste bombilla despertaba el pequeño habitáculo donde cada herramienta ocupaba su lugar preciso.

En pocos minutos había sacado por la trampilla que daba al patio maderas, martillo, clavos, sierra, pala y otro montón más de instrumentos que yo no acertaba a reconocer desde la ventana. En ese faro privilegiado pude ver como una nueva construcción anárquica comenzaba a cobrar forma al compás de esos movimientos exagerados de Ernesto. Las silenciosas lágrimas descendían de mis ojos queriéndose encontrar con la mirada que Ernesto dirigía al cielo buscando una aprobación que no era la mía.

El timbre me sacó de mi aturdimiento, bajé la escalera tan despacio que la melodía volvió a sonar de nuevo, necesitaba sujetarme con las dos manos al mármol de la barandilla que parecía caliente al lado de mi corazón, ni siquiera me molesté en disimular mi tristeza al abrir la pesada  puerta, simplemente me aparté y correspondí el gesto a modo de saludo que los enfermeros me hicieron al verme. No tuve que indicarles el camino, tan solo habían pasado dos semanas desde su última visita, cada vez es más frecuente, pensamos todos sin pronunciar palabra.

Le di la espalda a la puerta abierta, en el pequeño espacio del recibidor estaba el resumen de nuestra vida, viajes, familia, trofeos, aficiones, pasé ante ellos sin verlos. Entré en la cocina, la cena de la noche anterior aún estaba en los platos, la carne picada de las hamburguesas resultó contener el mensaje de la nueva misión de Ernesto. Giré la vista y sobre la encimera seguía la tabla y el cuchillo con que troceó la lechuga. Ahora Ernesto sí tendría una misión cuando regresara a casa, recoger mi sangre derramada en el suelo. Sonreí por última vez.