martes, 5 de febrero de 2013

Puertas al campo


Ernesto despertó dispuesto a ponerle puertas al campo, ni siquiera se molestó en prepararse su estridente café y me miró sin verme al darme los buenos días. Había visualizado durante el sueño cuál debía ser su tarea aquella mañana y no podía permitirse ningún despiste. Le envió un escueto WhatsApp a su jefe con una vulgar excusa, había despotricado tanto sobre el recurrido “pasar mala noche” de sus compañeros que nadie pensaría que se lo podía estar inventando. Sonreí cuando se introdujo en esos vaqueros viejos y ventilados y se cubrió su pecho recién depilado con una camiseta de un naranja tan ácido que quemaba cuando la mirabas.

Desde la ventana de la habitación volvió a verlo claro. En el sótano estaban las herramientas y material adecuados, ni siquiera necesitaría bajar al pueblo, no tendría que ver a nadie, tan solo trabajar y sudar la camiseta hasta matar su acidez.

Giró sobre sus talones, me quedé mirando su ancha espalda y enfiló escaleras abajo sintiendo cada crujido bajo sus pies. Ernesto sabía que con cada uno de esos sonidos estaba despertando a esos vecinos ocultos con los que compartía nuestra casa y que correteaban por su interior cuando el silencio invadía las horas de oscuridad, esas horas en las que en la cabeza de Ernesto circulaban imágenes descontroladas, conversaciones ininteligibles y miedos absurdos.

Al deslizar su mano por la barandilla, el mármol le activaba la circulación de la sangre por sus venas y un calambre de hielo le recorría el cuerpo haciéndole sentir cada vértebra. Ernesto sonreía satisfecho, se sentía vivo en este cuerpo extraño. Al principio le costó adaptarse a tanta concentración gelatinosa, se sentía vulnerable, su verdadero cuerpo era duro, concentrado, sin fisuras; ahora hasta le parecía divertido oírse por dentro.

Bajo la escalera estaba la puerta que llevaba al sótano, esa puerta que siempre dejaba abierta por si alguno de los suyos decidía venir a visitarle, chirrió como de costumbre al abrirse y dejar paso al nuevo tramo de aristas que le trasportaban a ese mundo en el que se encontraba tan cómodo. Al descender, la humedad mohosa le dibujaba una ligera sonrisa que aumentaba de tamaño cuando una triste bombilla despertaba el pequeño habitáculo donde cada herramienta ocupaba su lugar preciso.

En pocos minutos había sacado por la trampilla que daba al patio maderas, martillo, clavos, sierra, pala y otro montón más de instrumentos que yo no acertaba a reconocer desde la ventana. En ese faro privilegiado pude ver como una nueva construcción anárquica comenzaba a cobrar forma al compás de esos movimientos exagerados de Ernesto. Las silenciosas lágrimas descendían de mis ojos queriéndose encontrar con la mirada que Ernesto dirigía al cielo buscando una aprobación que no era la mía.

El timbre me sacó de mi aturdimiento, bajé la escalera tan despacio que la melodía volvió a sonar de nuevo, necesitaba sujetarme con las dos manos al mármol de la barandilla que parecía caliente al lado de mi corazón, ni siquiera me molesté en disimular mi tristeza al abrir la pesada  puerta, simplemente me aparté y correspondí el gesto a modo de saludo que los enfermeros me hicieron al verme. No tuve que indicarles el camino, tan solo habían pasado dos semanas desde su última visita, cada vez es más frecuente, pensamos todos sin pronunciar palabra.

Le di la espalda a la puerta abierta, en el pequeño espacio del recibidor estaba el resumen de nuestra vida, viajes, familia, trofeos, aficiones, pasé ante ellos sin verlos. Entré en la cocina, la cena de la noche anterior aún estaba en los platos, la carne picada de las hamburguesas resultó contener el mensaje de la nueva misión de Ernesto. Giré la vista y sobre la encimera seguía la tabla y el cuchillo con que troceó la lechuga. Ahora Ernesto sí tendría una misión cuando regresara a casa, recoger mi sangre derramada en el suelo. Sonreí por última vez.