Ernesto despertó dispuesto a ponerle puertas al campo, ni
siquiera se molestó en prepararse su estridente café y me miró sin verme al
darme los buenos días. Había visualizado durante el sueño cuál debía ser su
tarea aquella mañana y no podía permitirse ningún despiste. Le envió un escueto
WhatsApp a su jefe con una vulgar excusa, había despotricado tanto sobre el
recurrido “pasar mala noche” de sus compañeros que nadie pensaría que se lo
podía estar inventando. Sonreí cuando se introdujo en esos vaqueros viejos y
ventilados y se cubrió su pecho recién depilado con una camiseta de un naranja
tan ácido que quemaba cuando la mirabas.
Desde la ventana de la habitación volvió a verlo claro. En el
sótano estaban las herramientas y material adecuados, ni siquiera necesitaría
bajar al pueblo, no tendría que ver a nadie, tan solo trabajar y sudar la
camiseta hasta matar su acidez.
Giró sobre sus talones, me quedé mirando su ancha espalda y
enfiló escaleras abajo sintiendo cada crujido bajo sus pies. Ernesto sabía que
con cada uno de esos sonidos estaba despertando a esos vecinos ocultos con los
que compartía nuestra casa y que correteaban por su interior cuando el silencio
invadía las horas de oscuridad, esas horas en las que en la cabeza de Ernesto circulaban
imágenes descontroladas, conversaciones ininteligibles y miedos absurdos.
Al deslizar su mano por la barandilla, el mármol le activaba
la circulación de la sangre por sus venas y un calambre de hielo le recorría el
cuerpo haciéndole sentir cada vértebra. Ernesto sonreía satisfecho, se sentía
vivo en este cuerpo extraño. Al principio le costó adaptarse a tanta
concentración gelatinosa, se sentía vulnerable, su verdadero cuerpo era duro,
concentrado, sin fisuras; ahora hasta le parecía divertido oírse por dentro.
Bajo la escalera estaba la puerta que llevaba al sótano, esa
puerta que siempre dejaba abierta por si alguno de los suyos decidía venir a
visitarle, chirrió como de costumbre al abrirse y dejar paso al nuevo tramo de
aristas que le trasportaban a ese mundo en el que se encontraba tan cómodo. Al
descender, la humedad mohosa le dibujaba una ligera sonrisa que aumentaba de
tamaño cuando una triste bombilla despertaba el pequeño habitáculo donde cada
herramienta ocupaba su lugar preciso.
En pocos minutos había sacado por la trampilla que daba al
patio maderas, martillo, clavos, sierra, pala y otro montón más de instrumentos
que yo no acertaba a reconocer desde la ventana. En ese faro privilegiado pude
ver como una nueva construcción anárquica comenzaba a cobrar forma al compás de
esos movimientos exagerados de Ernesto. Las silenciosas lágrimas descendían de
mis ojos queriéndose encontrar con la mirada que Ernesto dirigía al cielo
buscando una aprobación que no era la mía.
El timbre me sacó de mi aturdimiento, bajé la escalera tan
despacio que la melodía volvió a sonar de nuevo, necesitaba sujetarme con las
dos manos al mármol de la barandilla que parecía caliente al lado de mi
corazón, ni siquiera me molesté en disimular mi tristeza al abrir la pesada puerta, simplemente me aparté y correspondí
el gesto a modo de saludo que los enfermeros me hicieron al verme. No tuve que
indicarles el camino, tan solo habían pasado dos semanas desde su última
visita, cada vez es más frecuente, pensamos todos sin pronunciar palabra.
Le di la espalda a la puerta abierta, en el pequeño espacio
del recibidor estaba el resumen de nuestra vida, viajes, familia, trofeos,
aficiones, pasé ante ellos sin verlos. Entré en la cocina, la cena de la noche
anterior aún estaba en los platos, la carne picada de las hamburguesas resultó
contener el mensaje de la nueva misión de Ernesto. Giré la vista y sobre la
encimera seguía la tabla y el cuchillo con que troceó la lechuga. Ahora Ernesto
sí tendría una misión cuando regresara a casa, recoger mi sangre derramada en
el suelo. Sonreí por última vez.