Al estallido de aquel cohete no le había precedido el clásico silbido previo
a la explosión. Tras él no hubo risas ni jarana, sino un silencio dulce que
agradecí bajo la lluvia humeante de mi ducha.
La sonrisa que llenó mi cara al imaginar como las chispas de aquel
cohete habían transformado todo ese rebaño de hormonas embutidas en vaqueros
rotos, en libélulas danzarinas, duró apenas unos segundos más. El silencio se
transformó en un griterío incoherente acompañado de llantos mocosos.
Agudicé el oído por costumbre. Cerré el grifo, me envolví en la toalla
y abrí la ventana intentando aislar las palabras con algún sentido de ese
llanto inagotable que sobresalía sobre el resto. Rubio, callejón, sangre. No
esperé a escuchar más.
Mojada, me enfundé en lo primero que encontré sobre la silla,
afortunadamente no era la falda diminuta que casi me arrancó mi último
acompañante. Móvil, arma, identificación, llaves y a correr.
No había tiempo de esperar al ascensor, bajé las escaleras de tres en
tres y salí por la puerta de atrás. Al volver la esquina apareció ese patio de
recreo que cada noche se formaba en aquella calle sin salida.
Eran unos veinte especímenes de adolescente aparentemente clonados.
Nunca he entendido esa manía de parecer un rebaño.
El rebaño estaba alborotado. Algunos parecían estar sosteniéndose sus
crestas, otros se abrazaban como estatuas de hielo que empiezan a deshacerse a
través de los orificios nasales, una pelirroja me llamó la atención, a pesar de
lo ancho de su espalda parecía un diminuto ovillo enganchada a sus piernas. Por
fin vi al rubio, tirado en el suelo, con esa postura típica de cadáver
desparramado.
Me acerco, con la placa en una mano para que no se asusten y el arma
en la otra para que nadie se pase de listo. Ahora veo mejor al rubio, una mano
le cuelga de la muñeca, como queriendo escapar de la muerte, la chupa de cuero
parece haber pasado una temporada en una ratonera y la cabeza… como un balón
viejo, deshinchado, al que le han clavado un puño para que parezca estar nuevo
si le das la vuelta.
Le rodean tres especímenes del mismo corte, cuya ropa negra contrasta
con la palidez de sus caras. Pregunto a uno de ellos qué ha pasado y me cuenta
como el rubio subió hasta el tejadillo
del garaje enganchado a un cohete, lo encendió con mucha ceremonia y sin tiempo
para soltarlo, explotó.