lunes, 29 de agosto de 2011

Mírate al espejo

Hay momentos en la vida en los que parece que todo viene del revés, que nada puede ir peor, que el tiempo discurre lento, o puede que seas tu la que vive lento, o tal vez demasiado deprisa, o simplemente no sepas vivir y lo que haces es dejarte llevar.


Momentos de angustia, de tristeza, de soledad buscada, de silencios, de velocidad en los pensamientos, de miedo, de abandono, de querer salir corriendo, de ganas de meterte en la cama, cerrar los ojos, dejar de pensar y dormirte para que al despertar haya pasado todo, sin siquiera recordar lo que podría haber sido una pesadilla.


Incluso es posible que mientras transcurren esos momentos, tu vida aparente normalidad y te levantes cada mañana para ir a trabajar, que hasta gastes bromas con los compañeros, que la relación con tu jefe sea cordial, que le sonrías al frutero, que te tomes un café con las mamis del cole, que colabores activamente organizando la fiesta de fin de curso, que asistas a tus clases de gimnasia de mantenimiento donde contarás chascarrillos e intentarás engañar a la monitora, que no dejes de trasladar a tus hijos de un lado para otro cada tarde, para que lleguen sin problema a todas sus actividades extraescolares, que te inventes un disfraz, que te ruborices ante el cumplido de un cliente, que le des ánimos a una amiga tras una hora de teléfono escuchando sus propias angustias que no difieren en absoluto de las tuyas.


Entonces, si eres capaz de vivir, de generar esa actividad, de sentirte satisfecha al terminar la jornada, de estar agotada y aún dar otro paso más, ¿por qué te dejas atrapar por esas angustias, por esa tristeza, por ese miedo? 


Mírate al espejo y dile a esa imagen que se refleja en él, que es estupenda, que no permita que nada ni nadie le estropee las ganas de vivir, la alegría por comenzar cada día llena de ilusión, que se aleje de todo aquello que no la reconozca como la mejor mujer, como lo que es, como lo que eres.



lunes, 8 de agosto de 2011

Silencio roto

Como padres, siempre creemos y debemos saberlo todo. Por las mañanas, si va a llover para que tus hijas puedan elegir el calzado y la ropa. Por las tardes, si la profe ha mandado deberes o los temas que caen en el siguiente examen. 

Sobre las emociones de tus hijos, eres una enciclopedia andante. Cuando sonríen,  conoces perfectamente el motivo de su alegría. Si están tristes, puedes dar una conferencia de las circunstancias que les han llevado a ese estado, de los culpables y las posibles soluciones.

Y resulta que, mientras todo esto ocurre, tus hijos suelen rodearse del más profundo de los silencios, porque les resulta complicado expresar lo que sienten, porque piensan que no les vas a entender, o, simplemente, porque como tu lo sabes todo no les apetece contártelo.

Pero llegan momentos especiales, diferentes, en los que ocurren cosas fuera de lo habitual y entonces, como por arte de magia, tus hijos rompen su silencio, te preguntan hasta cuándo vas a estar con ellos para hacer cosas juntos, o te dicen que han pasado un día agradable en el que al menos no han pensado en otras cosas. 

Y entonces te sorprendes, te dejan descolocado, te replanteas tu propia vida, tu vida con ellos, si les conoces tan bien como crees, si merece la pena esta locura de vida en la que estás subido como en un carrusel del que no puedes, no sabes o no quieres bajarte. Y sientes que una vez más, tus hijos te han dado una lección.

Pero no te queda más remedio que poner los pies en el suelo, analizar lo que haces, lo que te aporta, lo que sacrificas para que les afecte lo menos posible, para que a pesar de no pasar con ellos el mismo tiempo que las vacaciones conceden, acompañarles en cada una de sus actividades, el encaje de bolillos que haces con tu tiempo para procurar llegar a todo.

Llega el momento de utilizar la balanza, de poner en un lado tu egoísmo como persona que necesita seguir creciendo y en el otro el de tus hijos que te quieren las veinticuatro horas del día para ellos. Y ahí aparece la oportunidad de hacer magia procurando mantener en equilibrio esa balanza, sin sentirte culpable por no darles todo lo que ellos quisieran, sin sentirte insatisfecho por no conseguir avanzar en tu propia vida.