Hay momentos en la vida en los que parece que todo viene del revés, que nada puede ir peor, que el tiempo discurre lento, o puede que seas tu la que vive lento, o tal vez demasiado deprisa, o simplemente no sepas vivir y lo que haces es dejarte llevar.
Momentos de angustia, de tristeza, de soledad buscada, de silencios, de velocidad en los pensamientos, de miedo, de abandono, de querer salir corriendo, de ganas de meterte en la cama, cerrar los ojos, dejar de pensar y dormirte para que al despertar haya pasado todo, sin siquiera recordar lo que podría haber sido una pesadilla.
Incluso es posible que mientras transcurren esos momentos, tu vida aparente normalidad y te levantes cada mañana para ir a trabajar, que hasta gastes bromas con los compañeros, que la relación con tu jefe sea cordial, que le sonrías al frutero, que te tomes un café con las mamis del cole, que colabores activamente organizando la fiesta de fin de curso, que asistas a tus clases de gimnasia de mantenimiento donde contarás chascarrillos e intentarás engañar a la monitora, que no dejes de trasladar a tus hijos de un lado para otro cada tarde, para que lleguen sin problema a todas sus actividades extraescolares, que te inventes un disfraz, que te ruborices ante el cumplido de un cliente, que le des ánimos a una amiga tras una hora de teléfono escuchando sus propias angustias que no difieren en absoluto de las tuyas.
Entonces, si eres capaz de vivir, de generar esa actividad, de sentirte satisfecha al terminar la jornada, de estar agotada y aún dar otro paso más, ¿por qué te dejas atrapar por esas angustias, por esa tristeza, por ese miedo?
Mírate al espejo y dile a esa imagen que se refleja en él, que es estupenda, que no permita que nada ni nadie le estropee las ganas de vivir, la alegría por comenzar cada día llena de ilusión, que se aleje de todo aquello que no la reconozca como la mejor mujer, como lo que es, como lo que eres.
Momentos de angustia, de tristeza, de soledad buscada, de silencios, de velocidad en los pensamientos, de miedo, de abandono, de querer salir corriendo, de ganas de meterte en la cama, cerrar los ojos, dejar de pensar y dormirte para que al despertar haya pasado todo, sin siquiera recordar lo que podría haber sido una pesadilla.
Incluso es posible que mientras transcurren esos momentos, tu vida aparente normalidad y te levantes cada mañana para ir a trabajar, que hasta gastes bromas con los compañeros, que la relación con tu jefe sea cordial, que le sonrías al frutero, que te tomes un café con las mamis del cole, que colabores activamente organizando la fiesta de fin de curso, que asistas a tus clases de gimnasia de mantenimiento donde contarás chascarrillos e intentarás engañar a la monitora, que no dejes de trasladar a tus hijos de un lado para otro cada tarde, para que lleguen sin problema a todas sus actividades extraescolares, que te inventes un disfraz, que te ruborices ante el cumplido de un cliente, que le des ánimos a una amiga tras una hora de teléfono escuchando sus propias angustias que no difieren en absoluto de las tuyas.
Entonces, si eres capaz de vivir, de generar esa actividad, de sentirte satisfecha al terminar la jornada, de estar agotada y aún dar otro paso más, ¿por qué te dejas atrapar por esas angustias, por esa tristeza, por ese miedo?
Mírate al espejo y dile a esa imagen que se refleja en él, que es estupenda, que no permita que nada ni nadie le estropee las ganas de vivir, la alegría por comenzar cada día llena de ilusión, que se aleje de todo aquello que no la reconozca como la mejor mujer, como lo que es, como lo que eres.
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