Hablar sobre la muerte en el día que trágicamente se la ha encontrado el piloto de MotoGP Simoncelli, puede parecer de mal gusto, pero es que antes y después de este infortunado accidente la vida no para de moverse y es la muerte o su paso hacia ella la que desde hace unos días forma parte de mi entorno.
Una vez más este post lo único que desea es poner palabras a lo que pasa por mi cabeza, a lo que siento, sin enarbolar banderas de ninguna clase, simplemente sacar de dentro de mí lo que me alegra o, en este caso, me duele.
Para la mayoría de la sociedad en que vivimos, existen dos momentos en el ciclo de la vida de máximo respeto y son su comienzo y su final, con significados opuestos y por ello, con tratamientos diferentes.
El nacimiento nos trae alegría, la muerte tristeza. El nacimiento es esperado, la muerte rechazada. Al nacer le proporcionamos facilidades, a la muerte remedios.
La ciencia y la sociedad han comprendido que se debe procurar que el sufrimiento sea el mínimo en nuestras vidas, para ello, facilitamos que nuestros bebés vengan a este mundo de la forma menos traumática posible y en caso de dificultades les ayudamos a nacer, hemos inventado la episotomía, los forceps y la cesárea.
Pero cuando llega la inevitable hora de la muerte, parece que la sociedad no tiene tan claro el facilitar esa ayuda para aliviar el sufrimiento al dar ese paso. No estoy hablando de eutanasia, eso es otra cosa, estoy hablando de paliativos.
Cuando una persona lucha durante años contra la enfermedad, cuando durante todos esos años no le dejan de brillar los ojos, de trasmitir paz, cuando de su boca no sale ni una palabra de amargura, de queja. Cuando a esa persona le llega el irremediable final porque la enfermedad ha ganado la batalla, pero la agonía se hace eterna y los que más la quieren ven como sufre irremediablemente, solo en ese momento es cuando te das cuenta de lo que significa el hacer ese paso menos doloroso. Sí, menos doloroso para todos, pero principalmente para el que tiene que darlo, porque además de su propio sufrimiento, seguro siente el que alrededor de su cama no deja de flotar, pero no puede decir a su familia, a los que más quiere, a los que más la quieren, que no sufran más, que ya está, y tal vez sea ese el motivo por el que no termine de irse, porque necesita hacerlo sin ver sufrir a su entorno.
La muerte es dura, triste, difícil, no hagamos que sea también sea eterna.
Para la mayoría de la sociedad en que vivimos, existen dos momentos en el ciclo de la vida de máximo respeto y son su comienzo y su final, con significados opuestos y por ello, con tratamientos diferentes.
El nacimiento nos trae alegría, la muerte tristeza. El nacimiento es esperado, la muerte rechazada. Al nacer le proporcionamos facilidades, a la muerte remedios.
La ciencia y la sociedad han comprendido que se debe procurar que el sufrimiento sea el mínimo en nuestras vidas, para ello, facilitamos que nuestros bebés vengan a este mundo de la forma menos traumática posible y en caso de dificultades les ayudamos a nacer, hemos inventado la episotomía, los forceps y la cesárea.
Pero cuando llega la inevitable hora de la muerte, parece que la sociedad no tiene tan claro el facilitar esa ayuda para aliviar el sufrimiento al dar ese paso. No estoy hablando de eutanasia, eso es otra cosa, estoy hablando de paliativos.
Cuando una persona lucha durante años contra la enfermedad, cuando durante todos esos años no le dejan de brillar los ojos, de trasmitir paz, cuando de su boca no sale ni una palabra de amargura, de queja. Cuando a esa persona le llega el irremediable final porque la enfermedad ha ganado la batalla, pero la agonía se hace eterna y los que más la quieren ven como sufre irremediablemente, solo en ese momento es cuando te das cuenta de lo que significa el hacer ese paso menos doloroso. Sí, menos doloroso para todos, pero principalmente para el que tiene que darlo, porque además de su propio sufrimiento, seguro siente el que alrededor de su cama no deja de flotar, pero no puede decir a su familia, a los que más quiere, a los que más la quieren, que no sufran más, que ya está, y tal vez sea ese el motivo por el que no termine de irse, porque necesita hacerlo sin ver sufrir a su entorno.
La muerte es dura, triste, difícil, no hagamos que sea también sea eterna.