domingo, 23 de octubre de 2011

¿Morir o morir?

Hablar sobre la muerte en el día que trágicamente se la ha encontrado el piloto de MotoGP Simoncelli, puede parecer de mal gusto, pero es que antes y después de este infortunado accidente la vida no para de moverse y es la muerte o su paso hacia ella la que desde hace unos días forma parte de mi entorno.

Una vez más este post lo único que desea es poner palabras a lo que pasa por mi cabeza, a lo que siento, sin enarbolar banderas de ninguna clase, simplemente sacar de dentro de mí lo que me alegra o, en este caso, me duele.


Para la mayoría de la sociedad en que vivimos, existen dos momentos en el ciclo de la vida de máximo respeto y son su comienzo y su final, con significados opuestos y por ello, con tratamientos diferentes. 


El nacimiento nos trae alegría, la muerte tristeza. El nacimiento es esperado, la muerte rechazada. Al nacer le proporcionamos facilidades, a la muerte remedios.


La ciencia y la sociedad han comprendido que se debe procurar que el sufrimiento sea el mínimo en nuestras vidas, para ello, facilitamos que nuestros bebés vengan a este mundo de la forma menos traumática posible y en caso de dificultades les ayudamos a nacer, hemos inventado la episotomía, los forceps y la cesárea.


Pero cuando llega la inevitable hora de la muerte, parece que la sociedad no tiene tan claro el facilitar esa ayuda para aliviar el sufrimiento al dar ese paso. No estoy  hablando de eutanasia, eso es otra cosa, estoy hablando de paliativos. 


Cuando una persona lucha durante años contra la enfermedad, cuando durante todos esos años no le dejan de brillar los ojos, de trasmitir paz, cuando de su boca no sale ni una palabra de amargura, de queja. Cuando a esa persona le llega el irremediable final porque la enfermedad ha ganado la batalla, pero la agonía se hace eterna y los que más la quieren ven como sufre irremediablemente, solo en ese momento es cuando te das cuenta de lo que significa el hacer ese paso menos doloroso. Sí, menos doloroso para todos, pero principalmente para el que tiene que darlo, porque además de su propio sufrimiento, seguro siente el que alrededor de su cama no deja de flotar, pero no puede decir a su familia, a los que  más quiere, a los que más la quieren, que no sufran más, que ya está, y tal vez sea ese el motivo por el que no termine de irse, porque necesita hacerlo sin ver sufrir a su entorno.


La muerte es dura, triste, difícil, no hagamos que sea también sea eterna.

domingo, 2 de octubre de 2011

Mi amigo invisible

¿Tuvisteis de pequeños un "amigo imaginario", yo creo que no, al menos no lo recuerdo. Para compensar lo he creado de mayor, realmente no es un amigo imaginario, pues tiene voz, sino un amigo invisible, bueno tampoco, porque le he visto, aunque haya sido una única vez.  ¿Estáis pensando que vaya birria de amigo imaginario-invisible? Pues no, tiene su aquel.....

Surgió de repente, hace camino de tres años ya (¡¡Jesús, como pasa el tiempo!!), porque él tiene mucho morro y yo creo que también. Es compañero de trabajo de un amigo, este real, de carne y hueso, bueno, de poca carne, que debe estar en la crisis de los cuarenta y le ha dado por adelgazar. Yo llamaba por teléfono a mi amigo, él descolgaba y me pasaba, hasta que un día me llamó por mi nombre.


Desde entonces, cuando llamaba a mi amigo y él me cogía el teléfono, nos saludábamos, nos decíamos cuatro tonterías y nos echábamos unas risas. Poco a poco, las conversaciones fueron más largas, más personales, podríamos decir que teníamos nuestra propia relación, ajena al mero hecho de ser el circunstancial interlocutor anterior a la conversación con mi amigo, hasta llegar al punto de llamar para hablar directamente con él. Incluso llegó el día en el que nos dimos los correos electrónicos.


Las conversaciones con mi amigo invisible siempre han supuesto un paréntesis en lo cotidiano, un desahogo para los momentos de agobio, una válvula de escape a la monotonía. Y en multitud de ocasiones me han servido para minimizar aquello que me empeñaba en hacer grande y que me ahogaba, para aprender a relativizar y a colocarme un peldaño por encima y así ver bien el horizonte.


Una de las enseñanzas que he convertido en máxima en mi vida es que ésta es un tren en cuyos vagones viajan personas, que estas personas aportan energía para que ese tren circule por la vía, pero que, en ocasiones, alguna de esas personas tiene que bajarse de tu tren porque no te aporta esa energía, sino al contrario, te la resta, te consume. Y no por eso hay que sentirse mal, pues el asiento que deja libre seguro será ocupado por alguien que volverá a dar alegría al ritmo de tu vida. Y al que baja hay que darle las gracias por el camino recorrido junto a ti, desearle que le vaya estupendo en su nuevo recorrido y quedarte con lo bueno que compartió contigo. 


Por eso hoy toca dar las gracias. En primer lugar a mi amigo imaginario por aparecer, en segundo lugar a todos aquellos que se han bajado de mi tren, esperando que tal vez algún día, nuestros caminos vuelvan a encontrarse en paralelo y nos demos energía.


Pero sobre todo, toca dar las gracias a aquellos que continúan enganchados a mi tren, aguantando los vaivenes de mi ritmo y empujándome cada día a seguir circulando mirando al frente, con alegría, con energía.