domingo, 2 de octubre de 2011

Mi amigo invisible

¿Tuvisteis de pequeños un "amigo imaginario", yo creo que no, al menos no lo recuerdo. Para compensar lo he creado de mayor, realmente no es un amigo imaginario, pues tiene voz, sino un amigo invisible, bueno tampoco, porque le he visto, aunque haya sido una única vez.  ¿Estáis pensando que vaya birria de amigo imaginario-invisible? Pues no, tiene su aquel.....

Surgió de repente, hace camino de tres años ya (¡¡Jesús, como pasa el tiempo!!), porque él tiene mucho morro y yo creo que también. Es compañero de trabajo de un amigo, este real, de carne y hueso, bueno, de poca carne, que debe estar en la crisis de los cuarenta y le ha dado por adelgazar. Yo llamaba por teléfono a mi amigo, él descolgaba y me pasaba, hasta que un día me llamó por mi nombre.


Desde entonces, cuando llamaba a mi amigo y él me cogía el teléfono, nos saludábamos, nos decíamos cuatro tonterías y nos echábamos unas risas. Poco a poco, las conversaciones fueron más largas, más personales, podríamos decir que teníamos nuestra propia relación, ajena al mero hecho de ser el circunstancial interlocutor anterior a la conversación con mi amigo, hasta llegar al punto de llamar para hablar directamente con él. Incluso llegó el día en el que nos dimos los correos electrónicos.


Las conversaciones con mi amigo invisible siempre han supuesto un paréntesis en lo cotidiano, un desahogo para los momentos de agobio, una válvula de escape a la monotonía. Y en multitud de ocasiones me han servido para minimizar aquello que me empeñaba en hacer grande y que me ahogaba, para aprender a relativizar y a colocarme un peldaño por encima y así ver bien el horizonte.


Una de las enseñanzas que he convertido en máxima en mi vida es que ésta es un tren en cuyos vagones viajan personas, que estas personas aportan energía para que ese tren circule por la vía, pero que, en ocasiones, alguna de esas personas tiene que bajarse de tu tren porque no te aporta esa energía, sino al contrario, te la resta, te consume. Y no por eso hay que sentirse mal, pues el asiento que deja libre seguro será ocupado por alguien que volverá a dar alegría al ritmo de tu vida. Y al que baja hay que darle las gracias por el camino recorrido junto a ti, desearle que le vaya estupendo en su nuevo recorrido y quedarte con lo bueno que compartió contigo. 


Por eso hoy toca dar las gracias. En primer lugar a mi amigo imaginario por aparecer, en segundo lugar a todos aquellos que se han bajado de mi tren, esperando que tal vez algún día, nuestros caminos vuelvan a encontrarse en paralelo y nos demos energía.


Pero sobre todo, toca dar las gracias a aquellos que continúan enganchados a mi tren, aguantando los vaivenes de mi ritmo y empujándome cada día a seguir circulando mirando al frente, con alegría, con energía.


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