Existen nombres que parecen especiales hasta que dejan de serlo, el mío, por ejemplo. Durante mi vida no me había cruzado mas que con una compañera en el instituto y un par de chicas del pueblo que se llamaba como yo, eso me hacía sentir especial. Comencé mi vida laboral y ahí estaba la primera usurpadora de mi nombre, y digo usurpadora porque no quedó más remedio que añadirme la coletilla del María para distinguirnos. Esto duró un par de años, y durante otros veinte volví a ser única, hasta que, de repente, hace poco tiempo, en comparación con el resto de mi vida, comenzaron a brotar Belenes a mi alrededor: una compañera de baloncesto de mi hija pequeña fue la primera en aparecer, para más tarde, una compañera de trabajo (en una oficina de nueve personas dos Belenes es mucho Belén), una cliente que además llevaba un apellido de cada una de nosotras...... y más. Pero si pienso el porcentaje que representa y lo comparo con el número de nombres comunes: bueno, seré pedante, pero me sigo sintiendo especial.
La cosa se complica cuando parece que a un nombre se le ha pegado un apellido. Y te fijas cuando esa composición tiene relación contigo, porque parece que te persigue. Y entonces surge que un día te pasa un compañero una llamada diciéndote "te llama Pepito Pérez" y tu, que inmediatamente has pensado en la cerveza que te debe Pepito, saludas con un efusivo "¡no veas como me voy a poner cuando me cobre la apuesta del viernes!". Y, en ese momento, al otro lado del teléfono, te contestan "buenos días, soy Pepito Pérez, del departamento de seguridad, es por el aviso de avería que diste ayer...." y tu te hundes en la silla y das gracias de que no sea una videoconferencia.
Pero es que el Pepito Pérez es mucho más común de lo que pensabas, aunque tu Pepito Pérez no tenga nada de común. Y te lo encuentras en una asistencia telefónica, en una retransmisión deportiva, firmando un artículo sobre moda... Así es que el día que te indican que el señor Pepito Pérez esperará tu visita en el taller, aunque evidentemente sabes que no es tu Pepito Pérez, como solo conoces al tuyo, al que te espera le pones una cara parecida. Hasta el instante en que te recibe el jefe de taller Pepito Pérez, que resulta ser alto, delgado, con pelo y traje, es decir, nada que ver con tu original. Y piensas, "¡ay mi pobre Pepito Pérez!"