jueves, 7 de marzo de 2013

Y quiso volar


Al estallido de aquel cohete no le había precedido el clásico silbido previo a la explosión. Tras él no hubo risas ni jarana, sino un silencio dulce que agradecí bajo la lluvia humeante de mi ducha.

La sonrisa que llenó mi cara al imaginar como las chispas de aquel cohete habían transformado todo ese rebaño de hormonas embutidas en vaqueros rotos, en libélulas danzarinas, duró apenas unos segundos más. El silencio se transformó en un griterío incoherente acompañado de llantos mocosos.

Agudicé el oído por costumbre. Cerré el grifo, me envolví en la toalla y abrí la ventana intentando aislar las palabras con algún sentido de ese llanto inagotable que sobresalía sobre el resto. Rubio, callejón, sangre. No esperé a escuchar más.

Mojada, me enfundé en lo primero que encontré sobre la silla, afortunadamente no era la falda diminuta que casi me arrancó mi último acompañante. Móvil, arma, identificación, llaves y a correr.

No había tiempo de esperar al ascensor, bajé las escaleras de tres en tres y salí por la puerta de atrás. Al volver la esquina apareció ese patio de recreo que cada noche se formaba en aquella calle sin salida.

Eran unos veinte especímenes de adolescente aparentemente clonados. Nunca he entendido esa manía de parecer un rebaño.

El rebaño estaba alborotado. Algunos parecían estar sosteniéndose sus crestas, otros se abrazaban como estatuas de hielo que empiezan a deshacerse a través de los orificios nasales, una pelirroja me llamó la atención, a pesar de lo ancho de su espalda parecía un diminuto ovillo enganchada a sus piernas. Por fin vi al rubio, tirado en el suelo, con esa postura típica de cadáver desparramado.

Me acerco, con la placa en una mano para que no se asusten y el arma en la otra para que nadie se pase de listo. Ahora veo mejor al rubio, una mano le cuelga de la muñeca, como queriendo escapar de la muerte, la chupa de cuero parece haber pasado una temporada en una ratonera y la cabeza… como un balón viejo, deshinchado, al que le han clavado un puño para que parezca estar nuevo si le das la vuelta.

Le rodean tres especímenes del mismo corte, cuya ropa negra contrasta con la palidez de sus caras. Pregunto a uno de ellos qué ha pasado y me cuenta como el rubio subió hasta el tejadillo del garaje enganchado a un cohete, lo encendió con mucha ceremonia y sin tiempo para soltarlo, explotó.

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