¿Esto es un diario, no? Pues hoy toca contar, aunque realmente no sé como empezar.
Después de cinco semanas en las que tan solo he visto a mis hijas un día, hoy era el día D regreso, y aunque no sabía muy bien cuál era la hora H, lo que sí sabía era que esta noche dormirían en casa y teníamos por delante una semana de vacaciones para compartir intensamente, incluyendo un viaje a Barcelona.
A las 16.45 recibo sms avisándome de que ya están en Madrid, la tranquilidad te inunda el cuerpo, el viaje ha terminado satisfactoriamente.
Aunque la jornada nos tenía reservada una desagradable sorpresa. A las 19.30 en la pantalla de mi teléfono aparece la imagen de mi hija pequeña, descuelgo y está llorando, muy nerviosa, han abierto el coche y les han robado las maletas.
En cuestión de décimas de segundo te comienzan a pasar un millar de cosas por la cabeza, lo primero intentar tranquilizarla, decirle que no pasa nada, que si ellas están bien, lo demás son cosas que se compran, que ya está. Pero mientras hablas, tu cabeza piensa a una velocidad supersónica y te viene la imagen de su partida, con las maletas y su contenido, y entonces te da el ataque, y cuelgas para que la niña no se entere de que estás perdiendo los nervios.
Afortunadamente no estás sola, y una amiga, caída del cielo, que estaba contigo para expandirse, se come el marrón y te da tranquilidad (por cierto, gracias de nuevo).
Toca reaccionar, bloquear teléfono, cambiar cerradura y salir pitando a encontrarte con tus hijas. Espero que jamás tengáis que reencontraros con vuestros hijos, después de tanto tiempo sin verlos, en la sala de espera de una comisaría. Y, claro, también está su padre, al que no le puedes decir todo lo que se te viene a la cabeza, porque bastante tiene con que le hayan roto la ventanilla y la que se le viene encima.
Hora y media esperando y hora y media poniendo la denuncia, sí, sí, hora y media, porque por la vida de mis hijas ha pasado un tsunami sin agua que las ha dejado con lo puesto, la denuncia tiene tres páginas, y la sensación es de desnudo mientras le relacionan al policía el contenido de cada maleta, de cada mochila. Y tu te sigues poniendo mala y miras a su padre y sin palabras nos lo decimos todo.
Pero, una vez más, no me queda más remedio que darles a mis hijas un OLÉ. Tras los nervios iniciales, el llanto de la impotencia, de la pérdida, comienzan a confeccionar la lista de lo sustraído mientras esperamos y, a la hora de poner la denuncia, se comportan como dos señoritas, con una entereza que no declara la edad que tienen. Y, al marcharnos, se despiden de su padre con un enorme abrazo colectivo, con el que le dicen que no se preocupe. Y mientras cenamos, entre ojos húmedos también hay sonrisas y bromas. Y agarrándome las manos me dicen que no me preocupe, mientras en mi cabeza ha aparecido una calculadora que me marea.
A partir de mañana comienza la tarea de recomposición y decidir: Barcelona sí, Barcelona no.