¿Alguna vez os habéis subido a La Lanzadera, en El Parque de Atracciones o a una atracción similar de cualquier otro parque temático?
Yo hace mucho que no lo hago, porque no voy a este tipo de parques y porque soy un poco miedica para esas cosas. La descubrí porque hace muchos años mis hermanas me arrastraron hasta ella, y desde entonces, cada vez que iba al Parque, me subía una sola vez, como en una especie de ritual, sabía que iba a estar asustada hasta que colocara mis posaderas en ese asiento que luego te atrapa, y que durante el trayecto de subida no dejaría de pensar “¿quién me manda?”, que, al llegar arriba, abriría los ojos para disfrutar del impresionante paisaje que ofrece la altura, para, segundos después, cerrarlos y gritar como una posesa durante todo el descenso. Buf, qué a gusto te quedas y qué relajadita sales.
Hace unos días tuve una sensación muy similar, pero no fue en ningún parque temático, ni siquiera con el estrés de las compras. La sensación me la produjo el hacer una de esas cosas que los mayores calificamos de locuras de adolescentes, algo que, como adulta equilibrada, sabía que no era muy normal, pero que una fuerza en mi interior me empujaba a realizar, y lo hice.
¡Madre mía, hacía siglos que no me sentía tan viva! La adulta me estuvo reteniendo hasta el último momento, pero la adolescente que debe estar escondida en algún rincón dentro de mí, sobre la bocina salió pitando y puso manos a la obra. Cuando el telón se estaba levantando, me empezaron a temblar las manos y una sonrisa tonta no se me caía de los labios. Realmente adolescente.
No sé qué aspecto tenía ni la impresión que di, pero me da un poco igual, ya estoy mayor para preocuparme de lo que los demás piensan sobre lo que hago, mucho más si con mis actos no molesto a nadie. Me sentí tan bien en los días posteriores, que aún me dura la tontería.
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