Se acabó la primera jornada vacacional, en parte relajada, en parte agotadora. Ir de compras por Madrid, una tarde del mes de Julio, no es nada recomendable, os lo aseguro.
Partiremos de la base de que NO me gusta ir de compras, sí, sí, no os extrañéis, soy mujer y no me gusta. Eso no quiere decir que no me guste comprar y menos que no me guste comprarme cosas, lo que no me gusta es el acto de salir a comprar de manera premeditada. Y no me estoy refiriendo a la “compra para la casa”, que esa no le gusta a nadie, sino al hecho de arreglarte y armarte de valor para ir de tiendas buscando algo en concreto, ¡nunca lo encuentro!
Lo que no me importa es salir por el placer de perder el tiempo y encontrar cosas, ¡me pongo de contenta! Qué fácil resulta hacernos felices, no sé como los hombres nos consideran complicadas.
Pero no os asustéis, al final encontré, no todo lo que buscaba pero encontré. Y resultó que lo tenía a cien metros de casa, no a siete estaciones de metro. Al final sonreí, mira que nos gusta hacer complicadas las cosas ¿verdad?
Esto me ha llevado a reflexionar sobre algo ajeno a las compras. ¿Por qué siempre pensamos que lo mejor estará lejos o será impresionante, o no lo encontraremos si no es en un lugar espectacular? ¿Por qué siempre pensamos que lo que tenemos cerca no es lo más valioso?
Y normalmente lo es, porque lo que tenemos cerca está junto a nosotros cuando nuestro humor es de perros por no haber encontrado lo que buscábamos y cuando nuestra energía se desborda a través de todos nuestros poros después del hallazgo inesperado de aquello que nos satisface.
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