viernes, 29 de julio de 2011

Medio minuto

He descubierto que de un tiempo a esta parte mis enfados no duran más de medio minuto ¿que entonces no son enfados? Pues probablemente, porque ¿enfadarte, para qué?

Los enfados con los hijos suelen llegar por cosas intrascendentes, "mira qué pinta llevas" (una falda tan corta que ya te gustaría ponerte tu), "tienes una leonera por habitación" (cuatro cosas fuera del lugar donde tu crees que deberían estar colocadas), "si es que estás continuamente pensando en las musarañas" (tu estás escribiendo un blog), "cuánto tiempo pierdes" (y tu a las -mejor ni lo digo- de la madrugada conectada al ordenador).

Los enfados con la familia, esos que llegan tras momentos de euforia colectiva, por un quítate que me pongo, es que tu me has pisado primero, pero cuando éramos pequeños siempre me tocabas las coletas....

Los enfados con la pareja. Lo siento, de esos yo no uso.

También están los enfados con jefes y compañeros...... uffff, de estos mejor no poner ejemplos, porque claro, ¡¡como yo no trabaja nadie!!

Y, por último, los enfados con los amigos. Ahí la gama y variedad es enorme, dependiendo de los niveles de amistad, del sexo (tuyo y del amigo), del resto de enfados, incluso del buen humor de ambos.

Imagina que llega el día internacional del enfado, ese en el que decides que todo ser viviente que pase a menos de dos metros de tu espacio vital, es decir: todo aquel con quien te relacionas, es un intruso en tu vida, digno de tu mayor desprecio. Ese día agarras bien fuerte el cesto de las chufas y ya no lo sueltas por si te lo quitan. 

Y entonces, ¿qué hago yo con esa sonrisa que me había prometido y que me ha cambiado la vida? Pues dejarla salir en menos de medio minuto y las chufas en horchata, que están mucho más sabrosas.


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