lunes, 12 de diciembre de 2011

Encontrar un desencuentro


Hace unos días mi hija pequeña me instó a escribir un post, incluso intentó darme el comienzo, todo ello debido a un reencuentro familiar inesperado pero muy agradable, del que todas esperamos sirva como comienzo de un nuevo caminar, al menos para ellas. Lo defino como reencuentro pues no era un contacto esperado por las circunstancias que lo rodean, aunque tras él, me di cuenta que lo único que lo había retrasado tanto era la pura desidia, pues no había ningún motivo para no haberlo tenido antes. Y resultó agradable al no existir dolor que hubiera producido el alejamiento. Hoy me he dado cuenta de que a veces hay reencuentros que deseas y no se producen.

El Club Deportivo al que pertenezco, celebró ayer un día muy especial en el que entregó sus premios anuales. Como le contaba hoy a un compañero al que el Estudiantes le regaló por su cumpleaños una sufrida victoria ante el eterno rival, el Real Madrid, la celebración de los premios se asemeja a una boda: los preparativos, la lista de invitados, la organización, los nervios anteriores al momento, el no disfrutar de la gente por intentar estar al tanto de todo, el subidón final al comprobar que todo ha salido medianamente bien y el bajón cuando te quitas los tacones y te tiras en el sofá.

Entre todas esas sensaciones, ayer, mejor dicho, hoy, he descubierto un rasgamiento interior, pues una imagen que ayer me pasó desapercibida, hoy ha decidido instalarse varias veces ante mi retina.

Y es que, tras un reencuentro inesperado, descubres que también existe un desencuentro cada vez más intenso y en este caso, cada vez más doloroso. Y percibes lo doloroso que es a pesar de haber echado sobre él una capa de hormigón para no sentirlo, cuando te das cuenta que has perdido. Si, que has perdido como se pierde en un juego. Has perdido alguien a quién querías de esa extraña forma irracional, al que no te une ningún lazo familiar, del que no estás enamorada, simplemente porque es capaz de escuchar tu tristeza, de llorarte en tu hombro, de compartir su alegría, de alegrase por la tuya, de regañarte, de decirte lo guapa que estás hoy, de sentirse parte de tu familia sin serlo.

Y, aunque ya en su día fuiste consciente de la pérdida. Y, aunque cada vez que vuestros caminos se cruzan bajo la indiferencia, no hay dolor. Tras un día como el de ayer, hoy, el recuerdo se empeña en hacerte ver que por mucha vida que construyas, te duele su ausencia. Echas de menos sus abrazos y su sonrisa. Echas de menos que forme parte de ti. Y tal vez algún día este reencuentro también se produzca, aunque sé que no será tan fácil.


domingo, 23 de octubre de 2011

¿Morir o morir?

Hablar sobre la muerte en el día que trágicamente se la ha encontrado el piloto de MotoGP Simoncelli, puede parecer de mal gusto, pero es que antes y después de este infortunado accidente la vida no para de moverse y es la muerte o su paso hacia ella la que desde hace unos días forma parte de mi entorno.

Una vez más este post lo único que desea es poner palabras a lo que pasa por mi cabeza, a lo que siento, sin enarbolar banderas de ninguna clase, simplemente sacar de dentro de mí lo que me alegra o, en este caso, me duele.


Para la mayoría de la sociedad en que vivimos, existen dos momentos en el ciclo de la vida de máximo respeto y son su comienzo y su final, con significados opuestos y por ello, con tratamientos diferentes. 


El nacimiento nos trae alegría, la muerte tristeza. El nacimiento es esperado, la muerte rechazada. Al nacer le proporcionamos facilidades, a la muerte remedios.


La ciencia y la sociedad han comprendido que se debe procurar que el sufrimiento sea el mínimo en nuestras vidas, para ello, facilitamos que nuestros bebés vengan a este mundo de la forma menos traumática posible y en caso de dificultades les ayudamos a nacer, hemos inventado la episotomía, los forceps y la cesárea.


Pero cuando llega la inevitable hora de la muerte, parece que la sociedad no tiene tan claro el facilitar esa ayuda para aliviar el sufrimiento al dar ese paso. No estoy  hablando de eutanasia, eso es otra cosa, estoy hablando de paliativos. 


Cuando una persona lucha durante años contra la enfermedad, cuando durante todos esos años no le dejan de brillar los ojos, de trasmitir paz, cuando de su boca no sale ni una palabra de amargura, de queja. Cuando a esa persona le llega el irremediable final porque la enfermedad ha ganado la batalla, pero la agonía se hace eterna y los que más la quieren ven como sufre irremediablemente, solo en ese momento es cuando te das cuenta de lo que significa el hacer ese paso menos doloroso. Sí, menos doloroso para todos, pero principalmente para el que tiene que darlo, porque además de su propio sufrimiento, seguro siente el que alrededor de su cama no deja de flotar, pero no puede decir a su familia, a los que  más quiere, a los que más la quieren, que no sufran más, que ya está, y tal vez sea ese el motivo por el que no termine de irse, porque necesita hacerlo sin ver sufrir a su entorno.


La muerte es dura, triste, difícil, no hagamos que sea también sea eterna.

domingo, 2 de octubre de 2011

Mi amigo invisible

¿Tuvisteis de pequeños un "amigo imaginario", yo creo que no, al menos no lo recuerdo. Para compensar lo he creado de mayor, realmente no es un amigo imaginario, pues tiene voz, sino un amigo invisible, bueno tampoco, porque le he visto, aunque haya sido una única vez.  ¿Estáis pensando que vaya birria de amigo imaginario-invisible? Pues no, tiene su aquel.....

Surgió de repente, hace camino de tres años ya (¡¡Jesús, como pasa el tiempo!!), porque él tiene mucho morro y yo creo que también. Es compañero de trabajo de un amigo, este real, de carne y hueso, bueno, de poca carne, que debe estar en la crisis de los cuarenta y le ha dado por adelgazar. Yo llamaba por teléfono a mi amigo, él descolgaba y me pasaba, hasta que un día me llamó por mi nombre.


Desde entonces, cuando llamaba a mi amigo y él me cogía el teléfono, nos saludábamos, nos decíamos cuatro tonterías y nos echábamos unas risas. Poco a poco, las conversaciones fueron más largas, más personales, podríamos decir que teníamos nuestra propia relación, ajena al mero hecho de ser el circunstancial interlocutor anterior a la conversación con mi amigo, hasta llegar al punto de llamar para hablar directamente con él. Incluso llegó el día en el que nos dimos los correos electrónicos.


Las conversaciones con mi amigo invisible siempre han supuesto un paréntesis en lo cotidiano, un desahogo para los momentos de agobio, una válvula de escape a la monotonía. Y en multitud de ocasiones me han servido para minimizar aquello que me empeñaba en hacer grande y que me ahogaba, para aprender a relativizar y a colocarme un peldaño por encima y así ver bien el horizonte.


Una de las enseñanzas que he convertido en máxima en mi vida es que ésta es un tren en cuyos vagones viajan personas, que estas personas aportan energía para que ese tren circule por la vía, pero que, en ocasiones, alguna de esas personas tiene que bajarse de tu tren porque no te aporta esa energía, sino al contrario, te la resta, te consume. Y no por eso hay que sentirse mal, pues el asiento que deja libre seguro será ocupado por alguien que volverá a dar alegría al ritmo de tu vida. Y al que baja hay que darle las gracias por el camino recorrido junto a ti, desearle que le vaya estupendo en su nuevo recorrido y quedarte con lo bueno que compartió contigo. 


Por eso hoy toca dar las gracias. En primer lugar a mi amigo imaginario por aparecer, en segundo lugar a todos aquellos que se han bajado de mi tren, esperando que tal vez algún día, nuestros caminos vuelvan a encontrarse en paralelo y nos demos energía.


Pero sobre todo, toca dar las gracias a aquellos que continúan enganchados a mi tren, aguantando los vaivenes de mi ritmo y empujándome cada día a seguir circulando mirando al frente, con alegría, con energía.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Parece que continúa

Este blog nació con la intención de suponer un desahogo a mis inquietudes veraniegas que antes compartía de otra forma, con lo que su conclusión debería haber llegado con el final de mis vacaciones o, en cualquier caso, con la expiración del verano.

Pero es que durante este tiempo no he escrito tanto como me hubiera gustado, tantos post's como en mi cabeza se han ido creando, siempre mi falta de tiempo, ese tiempo que inocentemente solicité en twitter ante la inteligente propuesta de un follower que nos pedía ideas para transformarnos, cuando realmente lo que quería cambiar era este mundo.

De momento lo que yo necesitaría es que alguien inventara un aparatito que fuera transcribiendo todo aquello que redacto en mi cabeza cuando no puedo plasmarlo en el teclado porque mis manos están al volante, ya que son estos los momentos en los que más me inspiro, aquellos en los que hago de taxista, mejor no, de chófer, porque lo de bajar bandera no me sirve para nada, nadie me paga las carreras, y mira que a este segundo empleo mío de por las tardes podría sacarle yo partido si realmente fuera remunerado.

El caso es que el cierre del blog no va a tener fecha definida, convirtiéndose en eternas estas vacaciones del 2011 en las que comencé a escribir mi diario en la red. Tal vez poco a poco consiga compartir todas las palabras, todas las ideas, que circulan por las carreteras de mis circuitos neuronales.

También es cierto que en alguna ocasión me he retraído de escribir porque lo que me apetecía en ese momento era opinar, y no es ese el objetivo de estas líneas. Lo que ocurre, es que el fondo de aquella opinión se ha convertido en una constante a mi alrededor en los últimos tiempos, y, por ende, en la respuesta al follower que nos pedía transformación.

El caso es que no soporto la intransigencia, y, desgraciadamente, vivimos rodeados de ella. Nos hemos acostumbrado a faltar el respeto de forma gratuita a aquel que tenemos enfrente, por motivos tan simples e injustificables que resultan vergonzantes. Hemos perdido la capacidad de respetar la libertad del prójimo que pasa junto a nosotros, por el simple hecho de ignorarle, porque no miramos más allá de nuestra nariz. 

Y es que no me gusta que le griten a una operadora que está haciendo su trabajo cuando no puede continuar porque se ha caído la red. Y es que no me gusta que mientan a la policía municipal porque no pueden atravesar un arco de seguridad, tras haber llamado imbéciles a los que allí trabajan. Y es que no me gusta ver cada día, frente a la puerta del cole, la fila de coches cuyos dueños esperan la salida de sus hijos, aparcados sobre el carril-bici. Y es que.....

¿Que como me voy a transformar? Pues creo que procurando no ser intransigente y continuando subida a este modo slow que me está llenando de tranquilidad y espero me de energía para caminar a lo largo de este curso escolar que se presenta largo y complicado.



lunes, 29 de agosto de 2011

Mírate al espejo

Hay momentos en la vida en los que parece que todo viene del revés, que nada puede ir peor, que el tiempo discurre lento, o puede que seas tu la que vive lento, o tal vez demasiado deprisa, o simplemente no sepas vivir y lo que haces es dejarte llevar.


Momentos de angustia, de tristeza, de soledad buscada, de silencios, de velocidad en los pensamientos, de miedo, de abandono, de querer salir corriendo, de ganas de meterte en la cama, cerrar los ojos, dejar de pensar y dormirte para que al despertar haya pasado todo, sin siquiera recordar lo que podría haber sido una pesadilla.


Incluso es posible que mientras transcurren esos momentos, tu vida aparente normalidad y te levantes cada mañana para ir a trabajar, que hasta gastes bromas con los compañeros, que la relación con tu jefe sea cordial, que le sonrías al frutero, que te tomes un café con las mamis del cole, que colabores activamente organizando la fiesta de fin de curso, que asistas a tus clases de gimnasia de mantenimiento donde contarás chascarrillos e intentarás engañar a la monitora, que no dejes de trasladar a tus hijos de un lado para otro cada tarde, para que lleguen sin problema a todas sus actividades extraescolares, que te inventes un disfraz, que te ruborices ante el cumplido de un cliente, que le des ánimos a una amiga tras una hora de teléfono escuchando sus propias angustias que no difieren en absoluto de las tuyas.


Entonces, si eres capaz de vivir, de generar esa actividad, de sentirte satisfecha al terminar la jornada, de estar agotada y aún dar otro paso más, ¿por qué te dejas atrapar por esas angustias, por esa tristeza, por ese miedo? 


Mírate al espejo y dile a esa imagen que se refleja en él, que es estupenda, que no permita que nada ni nadie le estropee las ganas de vivir, la alegría por comenzar cada día llena de ilusión, que se aleje de todo aquello que no la reconozca como la mejor mujer, como lo que es, como lo que eres.



lunes, 8 de agosto de 2011

Silencio roto

Como padres, siempre creemos y debemos saberlo todo. Por las mañanas, si va a llover para que tus hijas puedan elegir el calzado y la ropa. Por las tardes, si la profe ha mandado deberes o los temas que caen en el siguiente examen. 

Sobre las emociones de tus hijos, eres una enciclopedia andante. Cuando sonríen,  conoces perfectamente el motivo de su alegría. Si están tristes, puedes dar una conferencia de las circunstancias que les han llevado a ese estado, de los culpables y las posibles soluciones.

Y resulta que, mientras todo esto ocurre, tus hijos suelen rodearse del más profundo de los silencios, porque les resulta complicado expresar lo que sienten, porque piensan que no les vas a entender, o, simplemente, porque como tu lo sabes todo no les apetece contártelo.

Pero llegan momentos especiales, diferentes, en los que ocurren cosas fuera de lo habitual y entonces, como por arte de magia, tus hijos rompen su silencio, te preguntan hasta cuándo vas a estar con ellos para hacer cosas juntos, o te dicen que han pasado un día agradable en el que al menos no han pensado en otras cosas. 

Y entonces te sorprendes, te dejan descolocado, te replanteas tu propia vida, tu vida con ellos, si les conoces tan bien como crees, si merece la pena esta locura de vida en la que estás subido como en un carrusel del que no puedes, no sabes o no quieres bajarte. Y sientes que una vez más, tus hijos te han dado una lección.

Pero no te queda más remedio que poner los pies en el suelo, analizar lo que haces, lo que te aporta, lo que sacrificas para que les afecte lo menos posible, para que a pesar de no pasar con ellos el mismo tiempo que las vacaciones conceden, acompañarles en cada una de sus actividades, el encaje de bolillos que haces con tu tiempo para procurar llegar a todo.

Llega el momento de utilizar la balanza, de poner en un lado tu egoísmo como persona que necesita seguir creciendo y en el otro el de tus hijos que te quieren las veinticuatro horas del día para ellos. Y ahí aparece la oportunidad de hacer magia procurando mantener en equilibrio esa balanza, sin sentirte culpable por no darles todo lo que ellos quisieran, sin sentirte insatisfecho por no conseguir avanzar en tu propia vida.


domingo, 31 de julio de 2011

¿Y ahora que?

¿Esto es un diario, no? Pues hoy toca contar, aunque realmente no sé como empezar.

Después de cinco semanas en las que tan solo he visto a mis hijas un día, hoy era el día D regreso, y aunque no sabía muy bien cuál era la hora H, lo que sí sabía era que esta noche dormirían en casa y teníamos por delante una semana de vacaciones para compartir intensamente, incluyendo un viaje a Barcelona.

A las 16.45 recibo sms avisándome de que ya están en Madrid, la tranquilidad te inunda el cuerpo, el viaje ha terminado satisfactoriamente. 

Aunque la jornada nos tenía reservada una desagradable sorpresa. A las 19.30 en la pantalla de mi teléfono aparece  la imagen de mi hija pequeña, descuelgo y está llorando, muy nerviosa, han abierto el coche y les han robado las maletas.

En cuestión de décimas de segundo te comienzan a pasar un millar de cosas por la cabeza, lo primero intentar tranquilizarla, decirle que no pasa nada, que si ellas están bien, lo demás son cosas que se compran, que ya está. Pero mientras hablas, tu cabeza piensa a una velocidad supersónica y te viene la imagen de su partida, con las maletas y su contenido, y entonces te da el ataque, y cuelgas para que la niña no se entere de que estás perdiendo los nervios. 

Afortunadamente no estás sola, y una amiga, caída del cielo, que estaba contigo para expandirse, se come el marrón y te da tranquilidad (por cierto, gracias de nuevo).

Toca reaccionar, bloquear teléfono, cambiar cerradura y salir pitando a encontrarte con tus hijas. Espero que jamás tengáis que reencontraros con vuestros hijos, después de tanto tiempo sin verlos, en la sala de espera de una comisaría. Y, claro, también está su padre, al que no le puedes decir todo lo que se te viene a la cabeza, porque bastante tiene con que le hayan roto la ventanilla y la que se le viene encima.

Hora y media esperando y hora y media poniendo la denuncia, sí, sí, hora y media, porque por la vida de mis hijas ha pasado un tsunami sin agua que las ha dejado con lo puesto, la denuncia tiene tres páginas, y la sensación es de desnudo mientras le relacionan al policía el contenido de cada maleta, de cada mochila. Y tu te sigues poniendo mala y miras a su padre y sin palabras nos lo decimos todo.

Pero, una vez más, no me queda más remedio que darles a mis hijas un OLÉ. Tras los nervios iniciales, el llanto de la impotencia, de la pérdida, comienzan a confeccionar la lista de lo sustraído mientras esperamos y, a la hora de poner la denuncia, se comportan como dos señoritas, con una entereza que no declara la edad que tienen. Y, al marcharnos, se despiden de su padre con un enorme abrazo colectivo, con el que le dicen que no se preocupe. Y mientras cenamos, entre ojos húmedos también hay sonrisas y bromas. Y agarrándome las manos me dicen que no me preocupe, mientras en mi cabeza ha aparecido una calculadora que me marea.

A partir de mañana comienza la tarea de recomposición y decidir: Barcelona sí, Barcelona no. 


viernes, 29 de julio de 2011

Medio minuto

He descubierto que de un tiempo a esta parte mis enfados no duran más de medio minuto ¿que entonces no son enfados? Pues probablemente, porque ¿enfadarte, para qué?

Los enfados con los hijos suelen llegar por cosas intrascendentes, "mira qué pinta llevas" (una falda tan corta que ya te gustaría ponerte tu), "tienes una leonera por habitación" (cuatro cosas fuera del lugar donde tu crees que deberían estar colocadas), "si es que estás continuamente pensando en las musarañas" (tu estás escribiendo un blog), "cuánto tiempo pierdes" (y tu a las -mejor ni lo digo- de la madrugada conectada al ordenador).

Los enfados con la familia, esos que llegan tras momentos de euforia colectiva, por un quítate que me pongo, es que tu me has pisado primero, pero cuando éramos pequeños siempre me tocabas las coletas....

Los enfados con la pareja. Lo siento, de esos yo no uso.

También están los enfados con jefes y compañeros...... uffff, de estos mejor no poner ejemplos, porque claro, ¡¡como yo no trabaja nadie!!

Y, por último, los enfados con los amigos. Ahí la gama y variedad es enorme, dependiendo de los niveles de amistad, del sexo (tuyo y del amigo), del resto de enfados, incluso del buen humor de ambos.

Imagina que llega el día internacional del enfado, ese en el que decides que todo ser viviente que pase a menos de dos metros de tu espacio vital, es decir: todo aquel con quien te relacionas, es un intruso en tu vida, digno de tu mayor desprecio. Ese día agarras bien fuerte el cesto de las chufas y ya no lo sueltas por si te lo quitan. 

Y entonces, ¿qué hago yo con esa sonrisa que me había prometido y que me ha cambiado la vida? Pues dejarla salir en menos de medio minuto y las chufas en horchata, que están mucho más sabrosas.


sábado, 23 de julio de 2011

Llorar para reír

La vida es...... La vida es una puñetera que no deja de ponernos obstáculos cada día a lo largo y ancho de su recorrido. Aunque.... ¿es la vida o somos nosotros mismos quienes la hacemos difícil de recorrer? De todo hay en la viña del señor.

Evidentemente, en cada momento de nuestra vida estamos rodeados de una serie de circunstancias que nos condicionan en mayor o menor medida, pero en cada una de esas circunstancias siempre nos aparece una elección y la que tomamos es una decisión personal que determina cuál es el siguiente tramo por el que caminar.

Yo hace tiempo que decidí que el único camino a recorrer era el que me hacía sonreír por dentro.

No siempre es fácil seguir la senda que te marcas, porque algún duende se empeña en colocar trampas que te distraen del objetivo o que te dirigen hacia un objetivo erróneo, hasta es posible que estés distraída un tiempo excesivo. 

Pero llega un momento en el que una frase, una música, un olor, un recuerdo... te hacen ver que te estás equivocando y entonces es el momento de reaccionar, de dar un zapatazo, dejar las lágrimas, mirarte al espejo y decirte: soy yo, la mejor compañía que jamás podré tener y me necesito, y me necesitan. Y entonces aceptas tu vida y tomas sus riendas. Asumes que la perfección no existe, o que todo es perfecto cuando luchas porque sea lo mejor que puedes tener en cada momento, lo mejor que puedes dar.

Sé que no es fácil, pero también que es posible. Y el primer paso es dejar de pensar en el "y si.....". El pasado ya pasó, y no se puede cambiar, forma parte de tu historia y no queda más remedio que asumirlo como tal. El futuro es el que construyo cada día con mi presente, y es en este presente donde tengo mucho que decir, donde tengo mucho que aportar.

Nuevamente he decidido que mi mejor camino lo recorro sonriendo por dentro y estoy en ello.


martes, 19 de julio de 2011

Des_Conexión

De regreso a la cruda realidad madrileña, tras unos pocos días de relajo por tierras gallegas, tal y como estaba previsto, buena temperatura (más lluvia de la deseada pero en Galicia ya se sabe), buena comida, buena compañía, estupendos paseos, incluso algo de ejercicio, mucha lectura y..... desconexión a medias. 

Existe una cosa que se llama Black Berry ¿os suena? Yo la descubrí hace poquito. Y con ella entraron en mi vida su multitud de aplicaciones, aplicaciones que te mantienen unida al mundo virtual cual cordón umbilical.

Antes, te ibas de vacaciones y realmente desaparecías. "Estoy en el pueblo, no hay cobertura ni cibercafés". Y cuando volvías necesitabas una semana para ponerte al día de lo ocurrido en la oficina y de las novedades de tus amigos, una semana que se tornaba como bálsamo de la incorporación al trabajo.

Pero ahora, ese maldito o estupendo aparatito, según el momento, y con él las redes sociales, se convierten en la mayor ventana indiscreta de este mundo, una ventana que te ofrece unas maravillosas vistas de la vida y milagros de aquellos que son tus amigos o a los que sigues, y ante la cual puedes pavonearte cual modelo recorriendo la más grande de las pasarelas. Evidentemente cada uno le da el uso que cree conveniente, tengo un amigo que solo utiliza el Facebook para, como dice él, "los cumpleaños". 

Yo, ahora, soy más de Twitter, ¡es tan fácil y está tan a mano en la BB! Como me decía ayer otra amiga, es un diario "on line". Es una forma de decir "que sepáis que estoy aquí, que no me olvido de vosotros y no se os ocurra olvidaros de mi".

Pero ahora, ¿quién me va a llamar para que le cuente mis vacaciones?  Y, cuando me pregunte mi madre, que de momento no está interesada en estas tecnologías, ¿con qué ganas le voy a contar algo que me va a sonar a repetido?¿Me acordaré de lo vivido o ya lo habré almacenado en el disco duro de mi memoria? ¡Menos mal que siempre podré consultar mis twit's porque tendré cerca mi BB!


viernes, 15 de julio de 2011

Vértigo

¿Alguna vez os habéis subido a La Lanzadera, en El Parque de Atracciones o a una atracción similar de cualquier otro parque temático?

Yo hace mucho que no lo hago, porque no voy a este tipo de parques y porque soy un poco miedica para esas cosas. La descubrí porque hace muchos años mis hermanas me arrastraron hasta ella, y desde entonces, cada vez que iba al Parque, me subía una sola vez, como en una especie de ritual, sabía que iba a estar asustada hasta que colocara mis posaderas en ese asiento que luego te atrapa, y que durante el trayecto de subida no dejaría de pensar “¿quién me manda?”, que, al llegar arriba, abriría los ojos para disfrutar del impresionante paisaje que ofrece la altura, para, segundos después, cerrarlos y gritar como una posesa durante todo el descenso. Buf, qué a gusto te quedas y qué relajadita sales.

Hace unos días tuve una sensación muy similar, pero no fue en ningún parque temático, ni siquiera con el estrés de las compras. La sensación me la produjo el hacer una de esas cosas que los mayores calificamos de locuras de adolescentes, algo que, como adulta equilibrada, sabía que no era muy normal, pero que una fuerza en mi interior me empujaba a realizar, y lo hice.

¡Madre mía, hacía siglos que no me sentía tan viva! La adulta me estuvo reteniendo hasta el último momento, pero la adolescente que debe estar escondida en algún rincón dentro de mí, sobre la bocina salió pitando y puso manos a la obra. Cuando el telón se estaba levantando, me empezaron a temblar las manos y una sonrisa tonta no se me caía de los labios. Realmente adolescente.

No sé qué aspecto tenía ni la impresión que di, pero me da un poco igual, ya estoy mayor para preocuparme de lo que los demás piensan sobre lo que hago, mucho más si con mis actos no molesto a nadie. Me sentí tan bien en los días posteriores, que aún me dura la tontería.




martes, 12 de julio de 2011

De compras

Se acabó la primera jornada vacacional, en parte relajada, en parte agotadora. Ir de compras por Madrid, una tarde del mes de Julio, no es nada recomendable, os lo aseguro.

Partiremos de la base de que NO me gusta ir de compras, sí, sí, no os extrañéis, soy mujer y no me gusta. Eso no quiere decir que no me guste comprar y menos que no me guste comprarme cosas, lo que no me gusta es el acto de salir a comprar de manera premeditada. Y no me estoy refiriendo a la “compra para la casa”, que esa no le gusta a nadie, sino al hecho de arreglarte y armarte de valor para ir de tiendas buscando algo en concreto, ¡nunca lo encuentro!

Lo que no me importa es salir por el placer de perder el tiempo y encontrar cosas, ¡me pongo de contenta! Qué fácil resulta hacernos felices, no sé como los hombres nos consideran complicadas.

Pero no os asustéis, al final encontré, no todo lo que buscaba pero encontré. Y resultó que lo tenía a cien metros de casa, no a siete estaciones de metro. Al final sonreí, mira que nos gusta hacer complicadas las cosas ¿verdad?

Esto me ha llevado a reflexionar sobre algo ajeno a las compras. ¿Por qué siempre pensamos que lo mejor estará lejos o será impresionante, o no lo encontraremos si no es en un lugar espectacular? ¿Por qué siempre pensamos que lo que tenemos cerca no es lo más valioso?

Y normalmente lo es, porque lo que tenemos cerca está junto a nosotros cuando nuestro humor es de perros por no haber encontrado lo que buscábamos y cuando nuestra energía se desborda a través de todos nuestros poros después del hallazgo inesperado de aquello que nos satisface.

Hoy he buscado debajo del sofá, a ver si está tan cerca tan cerca que no lo veo, pero no, tampoco en esta ocasión ha salido de su escondite…. ¿Y tu, lo encuentras? Mira a tu alrededor, seguro que está esperando a ser descubierto.



lunes, 11 de julio de 2011

El primer día

Desde que tengo memoria me ha gustado escribir, mi profesor de octavo, Enrique, puede dar fe. Y habitualmente lo he hecho, con mayor o menor carencia, con mayor o menor fortuna, tan solo para mí o compartido con amigos, incluso me dieron el primer premio del único concurso al que me he presentado.

También he comenzado en varias ocasiones a escribir un diario, durante la adolescencia, en momentos difíciles, y en los últimos tres veranos. A éste lo llamaba Diario de Vacaciones y su objetivo era compartir mi vida, mis sentimientos, aunque tan solo tenía una persona destinataria y por primera vez estaba escrito en formato de correo electrónico. Cuando leí "Contra el viento del Norte" de Daniel Glattauer, pensé que me había copiado la idea...

Este verano aún no había empezado a escribirlo, pero lo echaba de menos y he decidido atreverme a compartirlo con el mundo a través de "la red". El camino a recorrer está indeterminado, dejaremos fluir los momentos y las palabras.

Hoy es mi primer día de vacaciones de forma oficial, pero para mi las vacaciones comienzan el día en que se termina el curso y la rutina, en donde son más los días que paso sin familia que los compartidos con mis chicas.

Los veranos parecen una contrarreloj: campamentos, días de trabajo, días con amigos, más trabajo, días con mis chicas, más trabajo, para llegar al último período de vacaciones, el más largo pero no el más reconfortante, de Madrid al pueblo y del pueblo a Madrid. Mis chicas empezarán su rutina el uno de septiembre y poco importará que yo esté de vacaciones.

De momento, como ya he dicho, hoy comienza mi primer período vacacional propiamente dicho, mis chicas se han marchado camino del Mediterráneo y yo esperando para mañana hacer lo propio con amigos a tierras gallegas. Buena temperatura, buena comida, buena compañía, paseos agradables, lectura y..... desconexión, que buena falta me hace.